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Opinión
18 de Oct, 2010

Por Miguel Rodríguez Andreu, editor de la revista Balkania

No hay que remontarse, ni resulta aconsejable a efectos de análisis, a las Guerras yugoslavas (1991-1995) para comprender los últimos episodios de violencia protagonizados por hinchas de fútbol serbios. Casi veinte años desde que se fragmentara el mapa yugoslavo las variables no son las mismas aunque las referencias lo sean o lo quieran ser para algunos ante la falta de seguimiento de la actualidad. Desde hacía mucho tiempo la prensa serbia se había hecho eco de incidentes protagonizados por hinchas de fútbol en Belgrado y alrededores. Desde la muerte de Bruce Taton en Belgrado, un aficionado francés del F.C. Toulouse, asesinado por hinchas del Partizan en septiembre del año 2009, las agresiones perpetradas por los grupos violentos afines al Estrella Roja y al mismo Partizan han sido miradas con preocupación por la opinión pública serbia. No han sido pocas, han sido reiteradas e inculpan a los mismos. Ya en el estadio del Estrella Roja en 2007, un aficionado intentó con una bengala quemar al policía de civil, Nebojša Trajković, hecho grave, que nunca causó tanta alarma social como la muerte del aficionado francés hace más de un año.

El pasado 10 de octubre miles de manifestantes, en su mayoría hinchas de los equipos de fútbol serbios (Delije, Grobari,… etcétera) de Belgrado y otras ciudades, intentaron crear el caos en Belgrado, y lo consiguieron durante unas horas, con motivo de la celebración de la Gay Parade, manifestación que no había podido organizarse desde 2001, cuando acabó en graves enfrentamiento y multitud de heridos. El día 12 de este mismo mes 1.600 hinchas de la selección nacional de fútbol de Serbia, que asistieron a un partido contra la selección italiana, boicotearon el partido a base de bengalas y destrozos e, incluso, arremetieron de forma violenta contra los propios jugadores serbios. Estos episodios de violencia afectan a la imagen del país en el extranjero. Lanzan un mensaje de violencia a la prensa internacional que no se ajusta a la realidad del día a día en el país balcánico. La reivindicación de la soberanía serbia sobre Kosovo, que ha sido un tema recurrente durante la última década, transmite una sensación de conflictividad que para algunos viene a confirmarse con las acciones organizadas de los grupos de aficionados fanáticos.

Pese a los esfuerzos de la clase política serbia por condenar estos actos o, más aisladamente, culpando a la policía italiana ante la falta de suficientes medidas de seguridad, tal como defiende el presidente de la Federación Serbia de Fútbol, Tomislav Karad¸ić, la imagen del corpulento hincha serbio, Ivan Bogdanov, con el cuerpo cubierto de tatuajes y un pasamontañas, subido a una valla metálica, ha recorrido las redacciones de los medios de comunicación internacionales. El daño a la reputación de Serbia es considerable a todos los niveles, habida cuenta que su condición de candidato a la Unión Europea se acerca y todavía debe ganarse la confianza del seno de Bruselas y de la opinión pública europea en general.

Desde la Universidad de Belgrado, Vladimir Vuletić, dijo ya hace unos meses para la revista Vreme en relación a este tipo de sucesos que la violencia, pese a todo, es algo que desde siempre existe. La violencia en el fútbol tiene un curriculum extenso (los hooligans ingleses por ejemplo). Este tipo de acontecimientos para algunos son una especie de sismógrafo que recuerdan a las grandes peleas entre aficionados de la Cibona de Zagreb, el Partizan, el Hajduk Split o el Estrella Roja que anunciaron también la disolución de Yugoslavia. No obstante las estadísticas hablan de otra cosa. La Ministra de Deporte y de la Juventud del gobierno serbio, Sne¸ana Samard¸ić-Marković, señala que la violencia en relación con el año anterior había bajado en un 20%. Sin embargo, ninguna estadística puede eliminar la impresión que produce el asesinato de un ciudadano francés, graves palizas y disturbios, que por otro lado no son representativos de la sociedad serbia sino el resultado de varios factores a seguir y detrás del cual se encuentra un sector social distinguible e identificable. En este sentido habría que focalizar la atención en los grupos organizados, por ser su violencia específica, y no ser extensiva a un magma social, el serbio, que agota las entradas de multitud de eventos deportivos y sociales sin incidentes de esta naturaleza.

Daño a la imagen de Serbia en Europa

Por este motivo la instrumentalización de estos grupos de hinchas de la estética dejada por las guerras de Yugoslavia, como los tatuajes referentes a la batalla de 1389 - cuando los serbios perdieron una de sus varias batallas contra los ejércitos turcos -, que tanta trascendencia mediática ha tenido, cruces blancas en camisetas negras, cánticos apelando al destino de la nación serbia, chándales con capucha, gorras de beisbol y zapatillas Air Max, tiene más que ver con la demostración colectiva de fuerza y la necesidad de pertenencia por parte de las bandas de aficionados violentos, que con un costumbrismo serbio con denominación de origen que refleje lo que es el país. Son pocos, pero debido a su militancia y capacidad de organización, hacen mucho ruido. Estos episodios son una resistencia desorientada y desideologizada a la veta abierta por la integración europea, que las urnas han refrendado durante las últimas elecciones y que se manifiesta en la fluida interacción entre Bruselas y Belgrado. La consecuencia es que una parte de la población está sometida a la confusión de haber sido educada bajo las cenizas del socialismo yugoslavo, el autoritarismo, las guerras yugoslavas, la corrupción, las sanciones internacionales y la restricción de visados, sin herramientas para desenvolverse en un contexto ahora tan volátil e incierto como es el de las sociedades modernas.

Hay toda una serie de claves a seguir que pueden resultar muy familiares a otros países del este europeo y que no son exclusivas de Serbia. Así por ejemplo la falta de reconciliación entre la cultura del medio rural y del medio urbano no acaba de integrar socialmente a toda esa juventud venida de la periferia serbia que encuentra en los grupos organizados del entorno futbolístico un polo de atracción; la secuela es la invocación a un nacionalismo rural que se desprende de todas estas acciones colectivas. La dejadez institucional manifestada en el déficit de estrategias educativas y de ocio en los alrededores de Belgrado y de otras ciudades serbias conlleva la canalización de los intereses individuales hacia esos grupos que habitualmente manejan una cultura social de rivalidades pero también de solidaridades, donde el nacionalismo resulta fácilmente explotable. La ambigüedad política de algunos representantes menores que no se pronuncian en estas situaciones o se aferran al pasado en favor de la captura fácil de votos no contribuye a neutralizar estas corrientes de violencia puntual. No obstante el que debe resultar más preocupante es el de la apatía social manifestada por una insuficiente condena de la sociedad serbia que, sin identificarse con estos hechos ni apoyar estas acciones, muchas veces sin perspectiva se encuentra desarmada para imponerse a un reducido grupo de violentos. En el origen están los muchos proyectos político-sociales fracasados en el país durante la etapa post-socialista y la construcción de una identidad, la serbia, que está en proceso de definición ante un incierto horizonte europeo.     

 




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