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Opinión
03 de May, 2010

 

Por Enrique Peris

En las dos anteriores elecciones generales celebradas en el Reino Unido, las encuestas y los pronósticos estaban bastante claros y los resultados se ajustaron considerablemente a lo previsto. En 2001, con William Hague como líder conservador, y en 2005, con Michael Howard al frente de los Tories,  Tony Blair, primer ministro laborista desde 1997, aparecía a priori como ganador seguro: el sistema electoral británico, que favorece radicalmente el bipartidismo y las mayorías absolutas, condenaba a los liberal-demócratas a ser una tercera fuerza sin poder de decisión a la hora de formar gobierno y a mucha distancia, en cuanto a número de escaños, de los dos grandes grupos.   

Blair se impuso cómodamente en las dos ocasiones, aunque en el año 2005, cuando ya muchos, incluso dentro del laborismo, ponían en entredicho su liderazgo, el Labour Party perdió votos y escaños, y su mayoría absoluta, aunque más que suficiente, resultó mucho menos lucida y rotunda que la que disfrutaba hasta ese momento.

La sorpresa liberal-demócrata

Cuando Gordon Brown (el hombre que sustituyó a Blair en junio de 2007),  convocó elecciones para este 6 de mayo, las cosas resultaban menos previsibles, aunque a estas alturas parece ya cada vez más probable que los conservadores vuelvan al gobierno, liderados por David Cameron. Esta vez, la entrada en juego de los debates por televisión y la presencia estelar en ellos del líder liberal-demócrata, Nick Clegg, han aportado elementos de incertidumbre. Cuando insistía en reclamar debates televisados al estilo norteamericano,  David Cameron no pensaba sino en la ventaja indudable que un combate a dos ante las cámaras le podía proporcionar frente al inseguro y poco desenvuelto Gordon Brown, pero ha sido finalmente Clegg, fresco y telegénico, el que más partido le ha sacado a la novedad.

Lo cierto es que las campañas electorales en Gran Bretaña suelen tener interés y peso político, lo cual no es tan frecuente en otras latitudes. Los candidatos despliegan todo su dinamismo (salen a la calle, se mezclan con la gente y se exponen a preguntas incómodas o a situaciones comprometidas)  y los partidos exponen programas detallados, que los medios, y especialmente la BBC, en sus excelentes espacios de información electoral, se encargan de analizar y someter a un escrutinio riguroso.

Debates no tan decisivos

Pocos hasta ahora parecían echar en falta debates televisados, porque los candidatos ya debaten públicamente semana tras semana en el Parlamento, con todos los argumentos posibles y con toda su artillería oratoria, sobre los grandes asuntos del momento. Quizá no sea casualidad el que, en estas elecciones, las alternativas, los programas y las propuestas hayan aparecido menos firmes, más desvaídos, más indeterminados que en otras ocasiones.

Curiosamente, los espectadores no se han volcado en los debates. El último, organizado por la BBC y en el que se impuso, al parecer, el conservador Cameron, tuvo una audiencia de poco más de nueve millones en su pico más alto, lo cual no es mucho, en un país de más de sesenta millones de habitantes. O sea que su influencia en el ánimo de los electores puede ser relativa. La televisión resulta ser un medio elitista en el Reino Unido, donde buena parte del electorado popular se informa a través de la prensa amarilla: los llamados tabloides, como el Sun, el más poderoso de todos, que apoya activamente a Cameron.

Gordon Brown ha sido el peor parado en los debates a tres frente a las cámaras, como era de esperar. Pero tampoco sus paseos callejeros y sus contactos con la gente corriente, algunos verdaderamente calamitosos,  han contribuido a reforzar su imagen. Lo peor que podría sucederle es pasar por la humillación de quedar en tercer lugar en número de votos.  En medio de las dudas sobre el alcance del fenómeno Clegg, a estas horas David Cameron se ve más cerca del 10 de Downing Street, y todo hace pensar que, en más de un aspecto, Gran Bretaña puede encontrarse inevitablemente en vísperas de un cambio de época.

 

 




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