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Opinión
18 de Sep, 2010

Por Miguel Adrover

Tras ese «look» de señora  bien de toda la vida y esas frases rotundas, dedicadas a los medios, que demostraban carácter y decisión en la siempre acomplejada Unión Europea, hay una política que trabaja y dice lo que otros muchos piensan y se callan. Pero la rancia diplomacia europea no permite excesos verbales y menos, que una mujer luxemburguesa le dé una bofetada pública a la «grandeur» francesa.

«Es muy resuelta, tiene principios y no se muerde la lengua», es la frase del ex presidente de la Comisión europea, Jacques Santer, que define en positivo a Viviane Reding, 59 años, doctorada en la Sorbona, conservadora, separada con tres hijos, periodista en su juventud y comisaria europea desde 1999.

Cuentan, malintencionadamente, que en Luxemburgo, donde fue vicepresidenta del Partido Cristiano Social, se la quitaron de encima enviándola a Bruselas. Y allí llegó al ejecutivo que presidía Romano Prodi con prudencia para ocuparse de la comisaría de Educación y Cultura, competencias de nivel bajo que permitieron a Reding jugar un papel discreto, lucir modelos y peinado, pasearse por  el glamour de Cannes para promocionar el cine europeo o recoger el Premio Príncipe de Asturias, por el programa europeo Erasmus.

Ya entonces demostró que era una mujer mediática que sabía sacar partido a cada pequeña acción que lanzaba desde su Comisaría. Entre los periodistas había siempre una pequeña burla sobre las grandilocuentes frases de Reding, tras las cuales escondía sólo pompas de jabón.

En esas llegó Barroso y la activa Viviane pasó a ser comisaria de Sociedad de la Información, un ámbito que le iba como anillo al dedo, pero que derivó en un  agrio contencioso con los operadores de telecomunicaciones, en el que Reding demostró firmeza y voluntad. «Mi único compromiso es con los ciudadanos, no con la industria». Y así, consiguió una fuerte reducción de tarifas de telefonía móvil. Pasó a ser la «Dama de Hierro» de la Comisión europea.

La fortalecida Viviane repite en el segundo mandato de Barroso, ahora como comisaria de Justicia y Derechos Humanos. Reding no pierde la sonrisa ante las cámaras pero le toca lidiar con toros más bravos.

«Nos amargó la presidencia española»

En el último Consejo europeo, cuando estalló el escándalo, los micrófonos de TVE recogían una conversación de pasillo entre un cabreado Sarkozy que comentaba lo ocurrido con un comprensivo Zapatero. La frase del presidente del gobierno español resumía su juicio sobre la comisaria: «a nosotros nos amargó la presidencia».

Fue uno de los episodios más celebrados por los medios europeos en los últimos meses. El ministro español de Justicia, Francisco Caamaño, ponía en marcha un mecanismo de protección europea para las víctimas de violencia de género, según algunos, de dudosa legalidad y, peor aún, de casi imposible puesta en práctica, aunque tenía el apoyo de una mayoría de los 27. Fuera así o no, el caso es que Reding prefería que fuera la propia Comisión quien llevara la voz cantante en ese asunto y no se cortó a la hora de calificar la propuesta española de «chapucera» y de decir que  España usaba la presidencia de la UE como «una marioneta al servicio de sus intereses nacionales para conseguir efímeras proezas políticas». Reding tuvo que recular y poco después reconocía la gran labor desarrollada por España al frente del Consejo.

La astuta Viviane se encontró después con un verano que no sospechaba tan caliente. Mientras la Comisión desaparecía en el mes de agosto entre playas y montañas, Sarkozy ponía en marcha su política de deportaciones de gitanos rumanos, jugando con el populismo y quitándose un problema por la vía rápida, ante el espanto de cierta izquierda, las ONG y muchos franceses que salieron a las calles para reivindicar los valores  tradicionales de la República.

«Es una situación que nunca había pensado que Europa volvería a ver tras la II Guerra Mundial»

La Comisión volvió de vacaciones y vaciló en su estrategia. Pero las acusaciones de tibieza frente a Sarkozy obligaron a reaccionar a la comisaria de Justicia que, primero actuó con tiento y pidió explicaciones, luego se tomó un tiempo de reflexión para enjuiciar lo sucedido y finalmente estalló y amenazó con sancionar a Francia.

Tomando como principios la legislación europea y las declaraciones internacionales de derechos humanos, parece que el discurso de Reding es intachable en su defensa de una minoría étnica y de la libertad de circulación en la UE, pero –ay- esa maldita referencia a la Segunda Guerra Mundial reventó sus argumentos ante la bienpensante clase política europea.

Ella, que tiene el título de oficial de la Legión de Honor, había osado hacer una odiosa comparación entre «Monsieur le President» y las deportaciones nazis y eso era demasiado. Los jefes de Estado y de gobierno de la UE acudieron a respaldar a su colega francés en un movimiento que va a servir para debilitar aún más a las instituciones europeas, cuando ni el Tratado de Lisboa ni las políticas diarias consiguen rehacer la autoridad de la Unión.

Que Barroso saliera a defender a su comisaria pone un punto en su tibio currículo como presidente del ejecutivo comunitario y borra de un plumazo su fama de blando ante los gobiernos europeos. Para la Historia de la UE queda una foto de un triunfante Sarkozy, unos risueños colegas, un Barroso desconcertado y, fuera de cámara, una vapuleada Viviane que le echó coraje. La mediática Reding tiene por fin, y esta vez con méritos propios, las portadas de todos los medios. Sarkozy seguirá deportando a los gitanos.




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