Cada dólar que hay en el mundo cuenta para los ODS

Del 13 al 16 de este mes, la capital de Etiopía será la sede de la Tercera Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (FpD), mientras en la comunidad internacional cobra fuerza la pregunta sobre cuánto nos costará alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Las manos de una persona anciana cuenta billetes
cada dólar cuenta para los ODS/ Foto: Bindalfrodo / cc by 2.0



Del 13 al 16 de este mes, la capital de Etiopía será la sede de la Tercera Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (FpD), mientras en la comunidad internacional cobra fuerza la pregunta sobre cuánto nos costará alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

La interrogante suena razonable a primera vista y fluye naturalmente de la experiencia con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), establecidos en 2000 y que vencen este año, cuando serán reemplazados por los ODS.

La gran apuesta de los ODM era que los países pobres se concentrarían en la reducción de la pobreza y la mejora del gobierno, a cambio de la ayuda oficial al desarrollo (AOD) que se sumaría a los recursos que movilizaran los propios países en desarrollo.

Esta lógica caracterizada por "tapar los agujeros" llevó a ejercicios expansivos en los costes de los ODM, estimaciones de la rapidez con la que los Estados podrían mejorar su recaudación fiscal y campañas para aumentar la ayuda.

Muchos gobiernos respondieron, y se lograron numerosas cosas buenas con la AOD, como la ampliación de los programas de vacunación, más niños y niñas con asistencia escolar, agua potable para más gente, y diversos logros más que no son tan cuantificables, como el fortalecimiento gradual de las capacidades institucionales.

Pero como ahora nos desplazamos hacia una agenda de desarrollo diferente, más ambiciosa, compleja, integrada y universal, también es necesaria la reforma radical de nuestra lógica sobre la financiación.

Mientras que para algunos países seguirá siendo importante "tapar los agujeros", sobre todo para aquellos con bases imponibles muy bajas y desafíos con fondos insuficientes, como algunas enfermedades transmisibles, para la mayoría el desafío tendrá que ver más que nada con la alineación de los recursos existentes.

Así que la respuesta a la pregunta "¿cuánto dinero se necesita para alcanzar los nuevos ODS?" es, redoble de tambores, cada dólar que hay en el mundo.

Esto significa que cada dólar que gastamos como consumidores deberá operar a favor de la consecución de los ODS y no en su contra. Esto incluye el gasto que dedicamos a la ropa, la comida y los viajes. Todo lo que compramos tiene pequeños impactos en los ODS. Por ejemplo, cuando compramos una camisa también estamos "comprando" los residuos ambientales y las normas laborales que se utilizaron al hacer esa prenda de vestir.

Pero no alcanza con la acción voluntaria de los consumidores. Las empresas también tendrán que desempeñar su papel. Algunas comienzan a cambiar sus modelos de negocios al percatarse de que la construcción de una compañía sostenible exigirá un mundo sostenible. Otras participan mediante inversiones que repercuten en el desarrollo.

Pero más allá de estas acciones voluntarias, los gobiernos deberán desempeñar y redoblar el papel fundamental de la creación de los incentivos y regulaciones adecuados para alinear las acciones de todos los consumidores, empresas e inversores.

La alineación de la financiación privada sería la gran conquista, pero la reforma en la manera que gastamos el dinero público también exigirá una revisión a fondo. El ejemplo clásico es la energía. Si seguimos dándoles subsidios a las energías no renovables estaremos operando de manera intencionada y consciente en contra de los objetivos.

En todo el mundo se calcula que los subsidios energéticos alcanzarán los cinco billones de dólares este año, acercándose al 20 por ciento del producto interior bruto (PIB) de algunos países, y en su gran mayoría se destinan a los combustibles fósiles. La reforma de los subsidios de energía aumentaría los ingresos públicos en el mundo por valor de tres billones de dólares al año, bajaría las emisiones de dióxido de carbono un 20 por ciento y reduciría a la mitad las muertes prematuras por la contaminación del aire.

A veces, los incentivos, la regulación y la reforma fiscal se ven como una imposición de costes. Quienes se ven directamente afectados llaman la atención sobre estos costes, mientras que se le presta menos atención a los beneficios que generan para toda la sociedad y a largo plazo. Y muchas ineficiencias que son evidentes podrían liberar billones más en ganancias. Por ejemplo, el avance de la igualdad de género también beneficiaría directamente a los ODS y generaría beneficios económicos.

Al argumentar que la alineación de la financiación existente con el desarrollo sostenible es más importante que recaudar cada vez más dinero no se debe interpretar como un respaldo al movimiento contra la ayuda. Bien instrumentada, la ayuda tiene su lugar. Los donantes deben cumplir con su compromiso y destinar el 0,7 por ciento de su PIB a la AOD, y avanzar con mayor rapidez en sus compromisos.

Pero si la conferencia de Addis Abeba, que comienza el lunes 13, solo se concentra en la movilización de más dinero y no hace algo por mejorar la forma en que se gasta ese dinero, entonces habremos perdido la ocasión, y sin duda no cumpliremos con los grandiosos objetivos que nos hemos fijado. Por este motivo cada dólar cuenta.

Paul Ladd es director del Equipo Post 2015 del PNUD, y Pedro Conceicao, director de Política Estratégica del PNUD.