El sistema penitenciario de EEUU es un gran geriátrico

Un anciano recibe la ayuda de una enfermera para levantarse de su silla. Se aferra a sus brazos y camina confiando ciegamente en que ella lo llevará a la mesa para almorzar. Cerca, otro hombre pasa el día acompañado de su respirador. Otro tantea en la mesilla buscando su dentadura, y otro más allá llama a su médico, aunque no puede recordar su nombre.

Esto podría sonar como un típico día en un hogar para ancianos, pero numerosas investigaciones independientes describen escenas como estas en el lugar más impensable: las prisiones de Estados Unidos.

Las manos de un hombre apoyadas en las rejas
La política de mano dura ha llenado de ancianos las prisiones estadounidenses/ Foto: Bigstock

El Instituto Nacional de Correccionales considera que, debido a condiciones de vida insalubres antes y durante su tiempo en prisión, los reclusos de más de 50 años en este país ya están «envejecidos».

Por tanto, siguiendo ese criterio, hay unos 246.600 «ancianos» en centros penitenciarios del Estado federales, y se espera que el número salte a 400.000 para 2030, según la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés).

Un informe de la organización Human Rights Watch titulado «Old Behind Bars» (Viejos tras las rejas) señala que el número de reos de 55 años en adelante casi se cuadruplicó entre 1995 y 2010, lo que representa un incremento del 218 por ciento en apenas 15 años.

Dado que más del 16 por ciento de la población carcelaria entra en la categoría de «ancianos», los expertos advierten de que el sistema penitenciario estadounidense comienza a asemejarse a un gigantesco geriátrico, con un enorme coste económico y humanitario para la sociedad.

Riesgo bajo, coste alto

Jamie Fellner, consejero del Programa para Estados Unidos de Human Rights Watch, dice que las leyes de «mano dura contra el crimen» de los años 80 y 90 dieron lugar a un aumento en las sentencias largas por delitos que hasta entonces no recibían más de 10 o 15 años de prisión.

«Así como las personas condenadas a cadena perpetua van a morir en prisión, las que cumplen sentencias por 20, 30 y 40 años inevitablemente envejecerán tras las rejas», señala.

Otras fuentes, incluyendo un informe del Pew Center Charitable Trust, sugieren que las leyes federales de los años 70, con estrictas restricciones a la libertad bajo palabra y que castigaban con severidad la reincidencia, también contribuyeron a que la población carcelaria tienda a ser hoy de edad avanzada.

Cualquiera que sea la razón, los expertos coinciden en que el coste de tener reclusos mayores de 50 años es astronómico. Un informe de ACLU titulado «At America's Expense» (A expensas de Estados Unidos) calcula en 69.000 dólares el coste anual de mantener a un recluso maduro, contra 34.135 dólares de uno de edad media.

Los contribuyentes estadounidenses desembolsan 16.000 millones de dólares al año para mantener a presos de edad madura, monto que excede el presupuesto anual del Departamento de Energía y supera la inversión del Departamento de Educación en la mejora de escuelas primarias y secundarias.

Estas enormes cifras llevan a algunos a hacer preguntas que las autoridades penitenciarias y del Departamento de Justicia parecen eludir: ¿qué fin tiene mantener recluidas a personas de edad avanzada? ¿Existe alguna alternativa?

Laura Whitehorn, activista política que pasó 14 años tras las rejas y que ahora trabaja en la campaña Liberen a las Personas Mayores de Prisión, señala que la tasa extremadamente baja de reincidencia entre los expresidiarios de más de 50 años es un fuerte argumento para acelerar su puesta en libertad.

Por ejemplo, apenas un siete por ciento de los expresidiarios de entre 50 y 64 años del nororiental estado de Nueva York volvieron a cometer un delito, y la proporción cae al cuatro por ciento entre los de más de 65. En comparación, la tasa de reincidencia en los restantes grupos de edad es de cerca del 40 por ciento.

Además, los presos que ya cumplieron una parte considerable de sus condenas podrían ser de gran ayuda para sus comunidades, nos dice Whitehorn a IPS.

«La razón por la cual el movimiento a favor de los presos es tan vibrante ahora es que la mayoría de las organizaciones cuentan con expresidiarios en su personal, que ofrecen sus ideas sobre lo que debe cambiar para hacernos salir del actual pozo del castigo perpetuo y del daño causado por el sistema penal», añade.

«Así es como llegamos al eslogan: 'Si el riesgo es bajo, dejémosles ir'», explica Whitehorn, y añade que las juntas de libertad condicional prestan demasiada atención a la sentencia original en vez de considerar la verdadera probabilidad de que el preso reincida si es liberado.

La activista cita el caso de un hombre de 86 años que había pasado 40 en prisión por un delito cometido en la década de los 70. Aunque sufre de asma, cáncer y un desorden neuromuscular que lo confina a una silla de ruedas, la junta de libertad condicional le negó la salida argumentando que «probablemente» reincidiría.

Fellner nos cuenta que en el sureño estado de Mississippi entrevistó a un prisionero tan senil que había marcado sus zapatos para recordar cuál iba en el pie derecho y cuál en el izquierdo. «¿Realmente tenemos que considerar a estas personas una amenaza para la sociedad?», pregunta.

Filosofía punitiva

Fellner explica que la arquitectura de las prisiones fue desarrollada para el prototipo de «criminal joven y duro», por lo cual no son fácilmente transitables para reclusos débiles o discapacitados. Los guardias muchas veces interpretan las dificultades de estos presos como falta de disposición a cooperar, por lo que los castigan.

Un preso de edad avanzada en una penitenciaría del estado de Pennsylvania nos dijo a condición de mantener el anonimato que lo castigaron con una semana de aislamiento por negarse a pasar por un detector de metales sin su bastón.

«Tengo 69 años», dijo. «Sin mi bastón no puedo estar de pie. ¿Qué esperan que haga? ¿Que me arrastre con las manos y las rodillas?».

Funcionarios de varias instituciones de todo el país ahora se cuestionan la necesidad de mantener a estos reclusos. Burl Cain, guardia en la Penitenciaría del Estado de Louisiana, conocida como «Angola», dijo a ACLU que sentía «vergüenza» de que ese centro enterrara más presos de los que liberaba.

De los 5.300 reclusos en esa prisión, 4.000 cumplen cadena perpetua sin libertad condicional, y 1.200 tienen más de 60 años.

Sin embargo, la decisión de acelerar la liberación de reclusos de edad avanzada no depende solo de las autoridades de la prisión.

Según Fellner, el sistema penitenciario de Estados Unidos se rige por una filosofía fundamentalmente punitiva y sufre la presión de organizaciones que representan a las familias de las víctimas, lo que hace difícil realizar cambios sustanciales.

«El personal, los profesionales y los partidos políticos institucionales hacen muy difícil dar pasos en nombre de alguien que ha cometido un crimen», señala.

«Es un riesgo que pocos políticos están dispuestos a correr. Incluso el presidente Obama solo ha conmutado (las penas de) ocho ciudadanos este año. Hay 200.000 presos federales, ¿y solo pudo encontrar a ocho que merecían clemencia? A pesar de algunos progresos importantes, este trabajo todavía se encuentra en el inicio».