Reflexión sobre Cuba de un viajero europeo

«José María Heredia fue herido de muerte el día que abandonó Cuba. Una muerte lenta y dolorosa la del poeta, como la de aquellos que esperan un final que no por previsible se vuelve más grato. 35 años de vida, dominados por idealismos incontenibles, rebosantes de inspiración libertaria, que apenas cabían en los márgenes que imponía el inmenso océano.»

Cuba es siempre una contradicción apasionante vista desde Europa. Su historia cosmopolita y sus raíces más tradicionales; la revolución y la transición que se resiste; la belleza del paisaje y de las gentes y la Cuba de turistas y jineteras. Todo esto ha inspirado a Miguel Rodríguez Andreu esta reflexión, en la que toma como referencia la vida y los ideales del gran poeta romántico cubano José María Heredia.

La Habana
La Habana (Cuba) / Foto:CC

Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz...! Niágara undoso,
Tu sublime terror sólo podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

Oda al Niágara (1824) José María Heredia

José María Heredia fue herido de muerte el día que abandonó Cuba. Una muerte lenta y dolorosa la del poeta, como la de aquellos que esperan un final que no por previsible se vuelve más grato. 35 años de vida, dominados por idealismos incontenibles, rebosantes de inspiración libertaria, que apenas cabían en los márgenes que imponía el inmenso océano. El poeta amó a Cuba por encima de todas las cosas y dejó para la historia su huella en los abruptos y sacrificados caminos de la libertad, expresado en una poesía de fino estilismo con angustiosas bocanadas de pasión emancipadora. Recorrió los Estados Unidos y México con el impulso del apátrida involuntario, convencido de su responsabilidad como cubano en la prisión del exilio, marginado por el tiempo que le tocó vivir, con la condición de extranjero grabada en letras indelebles. La vida que no se quiere vivir, y el lugar al que no se quiere pertenecer. Un ciclo vital en constante éxodo magistralmente novelado por el escritor cubano Leonardo Padura en La novela de mi vida, obra imprescindible en las bibliotecas de lo clásico e imperecedero.

Hoy, casi dos siglos después de lo que fue la vida de Heredia, navegan los piratas europeos del S-XXI con el cuchillo entre los dientes, entre cocos y Havana Clubs a la caza del botín, ahogando los ecos libertarios de Varela o Martí, a ritmo de putas y divisas extranjeras. Miles de jineteras y jineteros, hipnotizados por un sistema tan paralizante como inserto en la biografía de la resignación cubana, sufren tentados por la fuerza del dinero y la cultura turística de lo efímero. Deambulan por los parques y los malecones al acecho del visitante, en un cortejo pedigüeño que degrada licenciaturas y otros estudios superiores ante la mirada compasiva del yuma (extranjero). Hombres y mujeres, negros, mulatos, trigueños y blancos, serviles, atrapados por la misma mano que les alimenta. La convivencia sobrellevada entre la economía de la opulencia y el despilfarro, y los modos despiertos de la economía del remiendo y el estraperlo, una población apartada de su propio país, de espaldas a la exclusividad de los hoteles y circuitos turísticos.

Si Heredia resucitara volvería a suplicarle al dictador Tacón que le dejara volver a la isla, para disfrutar de la compañía de sus seres más queridos, para sentarse con ellos en el patio de alguna casa de Santiago de Cuba, Matanzas o Trinidad, tomar un aperitivo de malangas fritas, un buen arroz congrí con cerdo y tamales, y bañarlo con un cubanito bien salpimentado, con el convencimiento de que la velada terminara entre tabacos y cuentos de pinareños. Se sentaría al borde del muelle de Cienfuegos a pescar zapateros, o probaría una excelente liseta en el malecón de Manzanillo para luego compartir la sobremesa junto a los pescadores de camarones. Se dejaría llevar por el jolgorio de la cubanía, que atropella los sábados a los bisoños en las calles de Bayamo, entre la confusión de los bailes, el ron y las compañías más inesperadas. Se levantaría muy pronto y desayunaría jugo de guayaba y café Cubita mientras Blas le llevaría en bicitaxi a la estación, hacia algún destino si cabe más tropical como Baracoa y sus alrededores, donde las estrellas son tan intensas que sólo una de ellas iluminaría toda la montaña de El Yunque. Si Heredia volviera a la vida no dejaría que los cubanos perdieran el horizonte de su propio país, ni a algunos turistas creer que es el suyo propio.

Miguel Rodríguez Andreu